lunes, 22 de junio de 2009

Los poemas de Sebastián

Voy a ser breve porque creo que esta historia es similar a muchas y finalmente son ustedes los que la van a seguir escribiendo.
Soy Pablo y no aspiro a ser poeta. Ha pasado mucho tiempo desde que conocí a Sebastián, mi mejor amigo. Cuando cumplí veintiún años escribí un libro de poemas llamado como él. Nunca más volví a escribir. Guardo los cincuenta libros que publiqué con mis propinas en una caja. Nunca vieron el sol, ni el mar que vigilaba nuestros sueños cuando éramos niños. Sebastián los leyó la madrugada en que se fue para siempre, el mismo día en que salieron de la imprenta. Nadie más lo hizo hasta hoy. Por alguna razón (que ahora comprendo) él inspiró cada palabra. Simplemente amé a mi mejor amigo. No me gustan las etiquetas, nunca me gustaron. Ahora que ya pasé los treinta, sigo esperando a que algún día regrese por los poemas que nunca se llevó. O que quizá, por esos misterios del destino, lea este blog con la calma que no tuvo al despedirse. Por cierto, no creo en el de
stino.
Solo de sol
Ejército de lunas.

Tu cuerpo es la lluvia
Plateada en mis manos
Que se escurre
Que humedece
Que no llega.

Estoy solo
Pero tengo un ejército de lunas
Esperando conmigo
Callando conmigo
Silbando tu nombre.

Vendrás
Lo sé
Sencillamente.
Tránsito por San Francisco


Todo es impecablemente absurdo.
El mar que se quedó en Barranco
Es una trampa para osos.

Mi llegada también fue absurda.

La agitada y sublime brisa
De las calles de San Francisco
Duerme ahora como un mendigo.

La noche es una burbuja.

Aparece en hombros
Mi caballo de Troya
Repartiendo escarcha como reina
Pero se va despacio.

Los pájaros se aman en jaulas de oro
Y eventualmente en el lujoso guante de alguna puta.

Hoy
He parido las ventanas
De una noche nueva.
Llámame amor
Llámame ahora
que tengo frío y estás mirando.
Fíjate que aunque estés cansado
aquí está tu loquito
con la batea de agua tibia
y la camita tendida
que nos regalaron los amigos.
Piensa que tienes un paraíso esperándote
lleno de paisajes memorables
que culminan donde nace mi cuerpo.
Llámame amor
con el fraseo que quieras
Y la voz poliforme
Llámame
aunque me enferme de letras repetidas.
Llámame amor
que hoy se malogró la ducha
y no hay dinero.
No sé quién habitará mi ciudad celeste.
Ni cuántas tardes más
Jugaré en el ropero.
No sé si puedo.

Hoy he desaparecido
Sin guardar un rincón para esperarte.

No hay ventanas
Por donde llover.
No está tu madre tras la puerta
Oyéndonos morir.

Hoy he desaparecido
En el cuarto principal
De mi propia casa
Bajo la cama donde reposa el mundo
Donde las ratas se esconden
Para cantar villancicos.
Bajo espejos de aluminio solar
Marca las cuatro el reloj de tu sonrisa.

Vestido de azul.
Descalzo y marino.
Estoy clavado en cada minuto
Hecho tuerca.
Puntual.

Marca las seis el reloj de tu sonrisa.

La piel rojiza de mi omóplato
Y mi sexo frío a media tarde
Repasan el guión de un encuentro
Mientras escriben
Por cada segundo que pasa
“Para qué te espero”.

Vestido de azul.
Descalzo y marino.
Con el luto ondulante que me abraza
Marca las ocho el reloj de tu sonrisa.
Qué temor nos trajo
Que encuentro muros
Cubiertos de pena.
Qué ola de vientos
Me vistió de ti.

Pronto será tarde
Y navegaremos a otras islas
Y seremos náufragos de nuevo.
Y no recordaré nada.
De ti quedará un barco de papel
Y un espejo.
De mí la nieve tibia
Sobre tu cuerpo nevado.

Ese amor fue sustancia
Carmín manchado de camisa.